
Antiguamente, las escaleras de Mallona no eran solo un paso entre calles, sino la conexión esencial entre la parte alta y baja de la ciudad, una ruta constante y silenciosa por la que transitaban comerciantes, vecinos cargados y quienes buscaban atajos discretos entre barrios.
No hace mucho se supo de un vecino que descubrió algo que no debía comprender. Una variante del compuesto reaccionaba de forma distinta según la altura. No era igual en la cima que en el descenso. No borraba del mismo modo. No alteraba igual. Lo entendió antes que nadie.
Convirtió las escaleras del barrio en su laboratorio personal. Subía para observar estabilidad. Bajaba para forzar el efecto. Cada tramo era una prueba. Cada decisión, un ajuste. Hasta que alguien decidió silenciarlo. El vial nunca apareció. Ahora el rastro de sus experimentos sigue escondido en un recorrido vertical que solo puede descifrarse caminándolo.
Siguiendo sus elecciones, tu equipo deberá reconstruir qué hizo… y dónde ocultó el compuesto que nunca fue recuperado.
Pero primero debes decidir. Subir implica esfuerzo, resistencia, avanzar contra la pendiente buscando control. Bajar parece más sencillo, más rápido… aunque cada paso puede acercarte a una versión más inestable de lo que ocurrió. En Mallona, no todos los caminos pesan lo mismo.